17 abril, 2026•By Adalberto Villasana Miranda
La expulsión de Camavinga define su trayectoria y marca un punto de inflexión en lo que significa ser madridista. Foto: en X @Camavinga
Por David Martínez
El día empezó mal. Poco antes del partido, se anunció la muerte de José Emilio Santamaría Iglesias, el fiero central uruguayo del Madrid de las Cinco Copas de Europa seguidas. No se nos fue cualquiera, Se fue quien ideó eso del hasta el final, vamos Real. En una ocasión, fue el quien sostuvo: Todo el que ficha por el Madrid está obligado a conocer la historia del Madrid, que se la expliquen. Así es más fácil conseguir lo logrado. El Madrid no puede perder porque juega siempre para ganar. El día que se pierde te tienes que ir a tu casa y no salir en un mes. Aquí nadie se rinde hasta el final.
Por lo tanto, se marca que la historia del Real Madrid se escribe en los últimos minutos que, hasta el rabo, todo es toro. La cita de Santamaría no es casualidad. Si nos fijamos en los últimos años, los títulos más emblemáticos se han decidido cuando el reloj marcaba más de noventa. La remontada contra el PSG, la victoria ante el Manchester City, la épica contra Liverpool en Anfield, la otra seminal contra el Bayern, veremos que todas son narrativas que se cierran con el corazón en la boca, con la presión como única compañera. Pero en los cuartos de final de esta Copa de Europa, frente al Bayern de Múnich, que es de los pocos equipos que sabe como se juega esto, un solo gesto desmontó meses de construcción colectiva.
Eduardo Camavinga, en el minuto 86, recibió su segunda tarjeta amarilla y fue expulsado. El partido estaba 3-2 para los blancos, empatado 4-4 en el global. Lo que debía ser un trámite para llegar a la prórroga se convirtió en una condena: diez hombres, dos goles encajados en el tiempo de compensación, y una eliminación que dejó un sabor amargo en toda la afición. Para un madridista, no hay dolor más grande que te dejen fuera de la Copa de Europa.
Lo que preocupa no es tanto la decisión arbitral —que jugadores como Bellingham calificaron de “broma”— sino el contexto en el que ocurrió. Un jugador del Madrid no puede jamás perjudicar a su equipo. No es una cuestión de castigo, sino de comprensión del rol que se asume al vestir esa camiseta. El club tiene una memoria histórica muy clara: perder el tiempo, demorar acciones, o cometer errores evitables en momentos decisivos está mal visto. Porque el Madrid no juega contra el cronómetro, juega contra si mismo.
Y aquí reside la ironía más dolorosa: Camavinga condicionó precisamente los últimos minutos del equipo, ese periodo de tiempo por el que el equipo ha construido su leyenda últimamente. Los diez minutos mágicos que tanto se han celebrado en esta era se convirtieron en diez minutos de sufrimiento innecesario. La diferencia entre la gloria y la derrota no siempre está en la calidad técnica, sino en la disciplina mental cuando todo está en juego. Ya hemos hablado de la estabilidad emocional y su importancia, para qué repetirse.
Los jugadores del Madrid saben esto mejor que nadie. Han vivido la presión de los últimos compases, han sentido cómo el estadio entero contiene la respiración mientras el árbitro consulta el VAR. Pero también saben que cada acción cuenta, que cada falta debe estar justificada, que cada tarjeta puede cambiar el destino de una temporada.
La expulsión de Camavinga define su trayectoria y marca un punto de inflexión en lo que significa ser madridista. No se trata de buscar culpables, sino de recordar que, en este club, los últimos minutos no son un trámite: son la esencia misma de la identidad. Y cuando un jugador, sin intención maliciosa, altera ese equilibrio, el peso de esa decisión recae sobre todos. Poco qué decir. El Bayern aprovechó esos minutos. El Madrid los desperdició. Y en la Copa de Europa, como en la vida, el tiempo no se recupera.
Camavinga condicionó precisamente los últimos minutos del equipo, ese periodo de tiempo por el que el equipo ha construido su leyenda últimamente. Foto: en X @Camavinga
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