El baile de Vini y la sociedad de la envidia

28 febrero, 2026 By Adalberto Villasana Miranda
Vini bailando en una esquina del córner. Foto X @realmadrid
Vini bailando en una esquina del córner. Foto X @realmadrid

Por David Martínez

Es una imagen nueva en esta temporada: Vini bailando en una esquina del córner. No se había dado mucho, principalmente porque el jugador brasileño no se sentía cómodo en el papel que le impuso Xabi Alonso. En total, Vinicius había estado 13 choques de Liga, como borrado, sin ver portería. Un páramo aún más gris que el que se extiende entre Margot Robbie y Jacob Elordi en Cumbres Borrascosas.

La imagen es la otra cara de la moneda de lo que se vio hace algunas jornadas: el monumental abucheó del Bernabéu al inicio de 2026, una intensidad como no se recordaba en la historia reciente del club.

No hay quien ha dejado de notar que para que Vini vuelva a bailar Kylian Mbappé no ha estado sobre el césped, lesionado de la rodilla. Queda para el debate si el equipo lograra que ambos se acoplen, que se sientan cómodos el uno con el otro en el campo. Pero hay un dato esperanzador: Benzema tardó dos años y medio en aprender las manías de Cristiano Ronaldo.

Pero, en fin, en el partido de vuelta contra el Benfica, bastó que Valverde abriese el campo para que Vini alcanzase el área con velocidad crucero y batiese, con samba incluida, a Otamendi, colocando el balón, delicadamente y por abajo, en la portería de Trubin. Un gol de pillo, de calle de Río. Entonces, se fue al córner y volvió a bailar.

Visto lo visto estos días, con todo mundo diciendo que esos bailes provocan, habría que preguntarse por su significado. La respuesta obvia es que es un baile después de un gol: una de las expresiones humanas más puras y universales de alegría. Cuando alguien baila, no solo se mueve; literalmente irradia felicidad, y esa felicidad suele ser contagiosa. Bailar es lindo, anotar un gol es aún más lindo. Entonces hay una conexión que une lo más espontáneo y vital de nosotros con el mundo que nos rodea. Se nos pierde, en este tonto debate, lo esencial. Desde tiempos ancestrales, el ser humano ha bailado para celebrar la vida. En casi todas las culturas, el baile aparece en los momentos más importantes: nacimientos, bodas, cosechas abundantes, victorias, ritos de paso y reuniones comunitarias. No es casualidad. Cuando la emoción es desbordante, el cuerpo toma el control. Ese movimiento rítmico se convierte en el símbolo más claro y directo de que estamos vivos, de que estamos bien, contentos.

El gol y el baile transforman el estado de ánimo casi de inmediato, se podría decir que hay algo mágico en ello. O quizá no tanto, un estudio de la Universidad de París (esa ciudad donde Vini anotó el gol que coronaba al Madrid por decimocuarta vez en Europa) sostiene que durante el baile nuestro cerebro libera endorfinas, dopamina y otros neurotransmisores que generan bienestar y euforia. Quizá por eso molesta esa imagen: vivimos en una sociedad donde la felicidad no se puede mostrar, donde tener éxito -qué sinónimo más eficaz de éxito se puede encontrar que el de anotar un gol- está mal visto. La imagen habla de júbilo desinhibido, provocación lúdica y autoafirmación. El brasileño no solo celebra el gol: exhibe alegría corporal, confianza y alegría. Vini cae mal porque, al fin, exhibe su felicidad. No debería ser así, un chico de la favela debe ser todo menos feliz. Helmut Schoeck, hablo de la sociedad de la envidia, un fenómeno donde este sentimiento destructivo se institucionaliza, justificando acciones para rebajar a quienes destacan. Actúa como un motor oculto de igualitarismo radical que busca el despojo del otro, frenando el progreso social y el potencial individual al castigar el éxito.

Vinicius bailando representa precisamente lo que Schoeck identifica como el mayor detonante envidioso: no solo triunfa, sino que disfruta visible y ostentosamente de su triunfo sin mostrar vergüenza ni pedir permiso. Esa exhibición de placer y superioridad momentánea hiere porque les recuerda su propia inferioridad, les niega la satisfacción de ver sufrir al exitoso (la envidia es un sentimiento complejo: muchas veces se prefiere que el otro no tenga nada a que los demás tengan mucho). Si seguimos el pensamiento de Schoeck veremos que gran parte de esa furia no es solo rechazo al baile en sí, sino envidia mimetizada de moralismo (ya hay quienes tachan la actitud como falta de humildad). Se prefiere, así, racionalizarlo como una cuestión de valores o respeto. La foto de Vini bailando en el córner es una pequeña pero clarísima ilustración de la tesis central de Schoeck: cuanto más exitoso y alegre es alguien en una sociedad que ya no puede obligarlo a la igualación forzosa, más envidia despierta, y más se busca castigarlo o humillarlo bajo pretextos morales o éticos. El baile de Vini, a estas alturas, ya no es solo celebración. Es un desafío inconsciente a la vieja lógica tribal donde nadie debe sobresalir demasiado ni disfrutar demasiado de ello.

El baile de Vini. El gol y el baile transforman el estado de ánimo casi de inmediato, se podría decir que hay algo mágico en ello.
El baile de Vini. El gol y el baile transforman el estado de ánimo casi de inmediato, se podría decir que hay algo mágico en ello. Foto X @realmadrid

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