24 mayo, 2026•By Adalberto Villasana Miranda
Tucídides nos advierte que cuando una potencia se aferra a sus viejas formas de dominación mientras el mundo cambia, acelera su propio declive.
Por David Martínez
El profesor Graham Alison debe estar en la Luna. Seguramente nunca se imagino que el primer ministro de la República Popular China fuese a citarlo nada más y nada menos que frente al presidente de los Estados Unidos.
Alison se fijó en un comentario de Tucídides para obtener un patrón recurrente en la historia de las grandes potencias: cuando una hegemonía establecida siente la sombra de un rival ascendente, el miedo la ciega. La respuesta instintiva no es la evolución, sino la acumulación de fuerza bruta. Es la lógica de Esparta frente a Atenas. Esa lógica puede ser también aplicada a lo que le sucede al fútbol y, particularmente, a Florentino Pérez, presidente del Real Madrid. El club, si observamos con frialdad la conferencia de prensa de la semana pasada, veremos que está atrapado en su propia trampa histórica.
El club blanco, esa potencia hegemónica del fútbol europeo, ha decidido responder a la amenaza de nuevos colosos —ahora el Manchester City, ahora el PSG, ahora los árbitros, ahora el caso Negreira, la UEFA y el señor Tebas— no con la innovación cultural que caracterizó a su época dorada, sino con algo parecido a la ortodoxia militar. La estrategia es clara y, a primera vista, impecable: acumular el mayor poderío financiero posible. Se trata de construir muros de fichajes, de erigir una jerarquía de estrellas donde el talento individual debe suplir la falta de un sistema coherente. Mbappé, Vinícius, Rodrygo; nombres que suenan a fortaleza, pero que, insertos en una estructura rígida, corren el riesgo de convertirse en peso muerto.
El error de fondo, y aquí reside la profundidad de la crisis, es creer que el poder se mide en euros o en goles individuales y no en trofeos. Florentino actúa como el general espartano: confía en que la superioridad numérica y la disciplina férrea garantizan el dominio. Y funcionó. Las últimas seis Copas de Europa son el testimonio de esa eficacia táctica. Pero el fútbol, como la guerra antigua, tiene una ley de rendimientos decrecientes. Cuando Chelsea, PSG y City descubrieron que también podían comprar ejércitos, la ecuación se rompió. La acumulación sin propósito deja de ser una ventaja y se convierte en una jaula.
Es en este contexto donde la figura de José Mourinho, si llegara a materializarse, no sería la salvación, sino la confirmación definitiva de que el Madrid ha elegido el camino de la rigidez. Mourinho es el estratega militar por excelencia, el hombre que perfecciona la máquina de guerra mediante el control absoluto y la defensa implacable. Es exactamente lo que Esparta necesitaba para ganar batallas puntuales, pero es lo opuesto a lo que Atenas necesitaba para ganar la guerra de las ideas.
Un Madrid bajo Mourinho sería más fuerte militarmente y más débil artísticamente. Ganaría partidos 1-0, sí, pero perdería la capacidad de intimidar. Porque el verdadero terror del Real Madrid histórico no radicaba en su capacidad para defender, sino en su capacidad para crear belleza. La belleza es una estrategia psicológica devastadora: cuando un rival no puede detener tu juego por la imposibilidad misma de comprender su fluidez, su espíritu se quiebra antes que su defensa.
La alternativa, la que el Madrid parece haber descartado, es la de Pericles. Pericles no ganó porque Atenas tuviera más soldados, sino porque Atenas tenía un proyecto de civilización. Bajo su liderazgo, el poder no se definía por la fuerza, sino por la creación de significado. El Partenón no era un arma; era una declaración de intenciones. El Madrid necesita un técnico que sepa dónde está y cuál es su papel: alguien que entienda que la creatividad colectiva vale más que el genio aislado, que la fluidez es evasiva mientras que la rigidez es mortal.
Ancelotti, Zidane, Del Bosque y Miguel Muñoz rozaron esta verdad en momentos de lucidez, reconociendo que la elegancia es una forma de poder. Pero la tentación espartana es fuerte. La trampa de Tucídides nos advierte que cuando una potencia se aferra a sus viejas formas de dominación mientras el mundo cambia, acelera su propio declive. El Madrid no necesita más soldados; necesita más belleza. No necesita más muros; necesita a Fidias.
Si el club sigue eligiendo el modelo espartano, en un mundo que exige la fluidez de Atenas, podría ganar algunas batallas, pero terminará perdiendo la guerra por la identidad. Porque al final, el fútbol no se trata de quién tiene más dinero, sino de quién tiene la visión más irresistible: una sala de trofeos a reventar. Y la belleza, a diferencia del músculo, no se compra; se crea. Y eso es algo que Mourinho no puede garantizar. Aunque tampoco está mal recordar lo que marca la Historia: Esparta, efectivamente, ganó la guerra y logró demoler las murallas de Atenas. Veremos.
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