7 julio, 2026•By Adalberto Villasana Miranda
Cristiano Ronaldo, capitán de Portugal, y Luka Modrić, capitán de Croacia. Es una imagen que está más allá del resultado. Foto: en X @selecaoportugal
Por David Martínez
Ningún madridista ha logrado superar el impacto visual del Croacia – Portugal, celebrado recientemente en el Mundial de la FIFA. Ahí, en medio de la cancha, portando cada uno el gafete de capitán, están nada más que Cristiano Ronaldo, capitán de Portugal, y Luka Modrić, capitán de Croacia. Es una imagen que está más allá del resultado. Nos vendieron el partido como una despedida, un duelo tan emblemático. No es del todo cierto, dado que ninguno ha dicho que se retirará del fútbol, pero si es verdad que la imagen destila el cierre simbólico de una era futbolística en el Real Madrid.
Aquel Madrid, entre 2014 y 2018, cuatro Copas de Europa en cinco años, no fue producto de casualidad ni de talento aislado. Fue la alquimia perfecta entre dos mentalidades distintas. Cristiano llegaba como el depredador definitivo, esa máquina goleadora capaz de transformar cualquier situación en victoria. Modrić era el maestro que hacía posible ese caos controlado, con aquella visión espacial única para desmontar defensas con pases en profundidad o mantener la pelota bajo presión extrema.
Lo fascinante es cómo convivían dos egos gigantescos sin chocar. El portugués exigía el último balón, el reconocimiento del gol; el croata aceptaba ese papel aunque su contribución fuese más difícil de cuantificar estadísticamente. Zidane, quien fue testigo primordial de esos años, ha dicho que esos cuatro títulos requirieron sacrificios colectivos invisibles: correcciones tácticas en medio campo, trabajo defensivo, descansos no siempre valorados ni entendidos por los propios jugadores. Tampoco fue difícil: bastó con enumerar un discurso sencillo, gloria o dinero. Y tipos tan competitivos, tan talentosos entendieron que lo que ganas el campo se multiplica. Modrić, por ejemplo, ganó el Balón de Oro en 2018 precisamente porque el mundo del fútbol entendió que existen valores que van más allá de goles y asistencias. No se puede medir la poesía, la belleza implícita que se desprendía de ver al genio croata jugar a la pelota.
Por otro lado, la voracidad de Cristiano en el Madrid está bien documentada: más de un gol por partido. El goleador que superó a Don Alfredo. Hay en él una obsesión por la victoria, el trabajo diario y la superación de récords históricos. Pocos se fijan en ética de trabajo monumental. Su negativa a relajarse, incluso en etapas avanzadas de su carrera, se fundamenta en la búsqueda constante de la excelencia y en no permitir que el estándar de calidad baje, sin importar la edad. Alcanzará los mil goles sobrado, seguramente.
Ocho años después —Cristiano dejó Madrid en 2018 hacia la Juventus—, ambos siguen ahí, siendo referentes absolutos en selecciones nacionales. Que se hayan encontrado nuevamente en un mundial representa algo más que nostalgia; es testimonio de que el verdadero gran jugador sobrevive a las modas del juego. A su edad, continuaron marcando diferencia mediante inteligencia táctica superior y liderazgo psicológico sobre sus equipos.
La imagen capturada en Toronto —el saludo tras el pitido final— evoca otra gran imagen. El Real Madrid juega en Cardiff la final de la Liga de Campeones contra la Juventus de Turin. Cristiano marca el primer gol, pero Mario Mandžukić, otro croata, empata con un golazo. Ya en el segundo tiempo, Casemiro sorprenderá a Buffon con un disparo desde lejos. La Juve ve que se le escapa la final. Entonces, Luka corre tras un balón que todos dan por perdido, corre como demonio y, como si fuese esos repartidores de diario, tira un centro con el interior del pie derecho. Los defensas de la Juve parecen reírse, están ahí, con todo bajo control. Y, de pronto, de la nada, como un topo bajo la tierra o un huracán, aparece Cristiano, se adelanta a todos y a un solo toque pone el balón al fondo de la red. Luka, tendido en el piso, levanta los brazos hacia el cielo: sabe que es el final, que han ganado la segunda copa de manera consecutiva, los primeros en hacerlo desde el cambio de formato. Cristiano, mientras tanto, se ríe. Corre hacia un costado del campo y salta, gritando su famosa celebración.
Estas dos imágenes nos recuerdan lo que realmente importa: el respeto profesional mutuo forjado en años de gloria. Ninguno necesita convencerse del valor del otro. Ya demostraron demasiado en los vestuarios blancos. Queda para otros reflexionar sobre cómo el Real Madrid construyó ese modelo exitoso alrededor de figuras capaces de subordinar ambición personal a proyecto colectivo. No todos los clubes ni todas las selecciones pueden. Pero ver al ver a Luka y a Cris en el centro del campo, uno no puede olvidarse que fueron ellos quienes convirtieron al Madrid en una dinastía europea contemporánea.
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