Reconoce Atayde la trayectoria de Ana Villagrán
Agradeció Ana Villagrán a 300 vecinos que la han apoyado desde sus inicios y en la presente etapa como diputada.

Abanico
Camino a la realidad
Por Ivette Estrada
Cuando regresamos a la realidad, al momento que marca el cese de fiestas y a reintegrarnos a la vida laboral normal, existe un dejo de resistencia y tristeza que algunos lo campean de mejor manera que otros. ¿Qué podemos hacer para que esta tracción sea más feliz y nos adaptemos a la cotidianeidad?
Ese momento en el que cuerpo, memoria y alma ajustan ritmos. Venimos de días suspendidos, rituales, lentos, donde el tiempo se expande. Volver a la estructura consuetudinaria implica un sentido de pérdida.
La transición puede ritualizarse para que no sea un choque, sino un aterrizaje suave.
Lo primero es crear un pequeño rito de cierre. No basta con que el calendario cambie: el cuerpo necesita un gesto simbólico.
Puede lograrse al escribir tres cosas que agradecemos de las fiestas, guardar un objeto (una servilleta, una foto, un aroma) como “testigo” de lo vivido o encender una vela una sola noche para marcar el paso. Este cierre convierte la nostalgia en memoria acompañada, no en peso.
Otra acción crucial es diseñar un “primer día” amable. La reintegración no tiene que ser abrupta. Podemos elegir una prenda que te haga sentir fuerte o luminosa, preparar un desayuno que evoque hogar, llegar 10 minutos antes a la oficina para respirar el espacio antes de que te reclame.
Asimismo, conviene fragmentar la semana en micro-metas. El cerebro resiste lo que percibe como montaña pero coopera con lo que percibe como escalera. Generar tres tareas esenciales, no diez, planear un descanso ritualizado como un momento para tomar té, comer una fruta o simplemente caminar.
Establecer un cierre diario que diga: “Hoy fue suficiente”. Esto reduce la fricción emocional y acelera la adaptación.
Es crucial reintroducir lo festivo en miniatura. No se trata de negar que las fiestas terminaron, sino de conservar su espíritu en dosis pequeñas como un postre casero a mitad de semana, escribir un mensaje cariñoso a alguien que quieres, colocar un gesto de belleza en el escritorio y asumir que la alegría cotidiana también se entrena.
Es imprescindible acompañarnos con ternura, no con exigencia. La tristeza ligera de enero no es un fallo: es señal de que viviste intensamente. Si la tratas con dureza, se vuelve resistencia, pero si lo asumes con ternura, se vuelve impulso. Debemos nombrar un propósito pequeño para enero. No un gran propósito del año, porque eso abruma. Sino identificar uno íntimo, manejable y simbólico. Puede ser algo simplista como “recuperar mi ritmo”, “Cocinar dos veces por semana”. “caminar más”. El propósito actúa como una brújula emocional.
Agradeció Ana Villagrán a 300 vecinos que la han apoyado desde sus inicios y en la presente etapa como diputada.
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