2 marzo, 2026•By Adalberto Villasana Miranda
Palabras Más / Arturo Suárez Ramírez / @arturosuarez
Palabras Más
¡Lealtad en oferta!
¿Qué es la vida? Es el brillo de una luciérnaga
en la noche. Es el hálito de un búfalo en invierno.
Es la breve sombra que atraviesa la hierba
y se pierde en el ocaso.
Truman Capote
Arturo Suárez Ramírez / @arturosaurez
Desde la declaración de guerra a los narcotraficantes que hizo Felipe Calderón para legitimarse en el poder, los criminales se metieron hasta la cocina. Para darles gusto, obviamente Genaro García Luna, secretario de Seguridad del michoacano, tuvo mucho que ver. Luego, con Enrique Peña Nieto, las cosas no mejoraron; sólo se bajó la intensidad de la comunicación y la corrupción persistió. Pero, indudablemente, en el sexenio de Andrés Manuel López Obrador las cosas empeoraron: los narcopactos se hicieron evidentes.
No se puede entender el crecimiento de la mafia sin las complicidades del poder. El ascenso de organizaciones como el Cártel Jalisco Nueva Generación fue descomunal, al grado de que sus tentáculos operan por todo el mundo: mueven millones de dólares, compran propiedades, pagan seguridad, patrocinan campañas de políticos y dan muestra de un gran poder corruptor. Le entran al “plata o plomo”. Parece excusa, pero es una realidad que se vive en los territorios mexicanos.
Hay corruptores y quienes se dejan corromper. De alguna manera, Enrique Peña Nieto tenía razón cuando se refería a la corrupción como algo cultural. Y es que el crimen organizado no sólo mata con balas o cortándote el cuello; también lo hace a “billetazos”. Y si es sobre quien necesita o le gusta el dinero, es el caldo perfecto para que germine la corrupción, esa que no se terminó con el puro ejemplo del “Pejelagarto”; sólo se mandó el mal mensaje de los “abrazos”. Total, no pasa nada.
Pero cuando se actúa, cuando se remueve una gran roca como la de “El Mencho”, claro que pasa: las alimañas que se escondían debajo corren y se revela información muy importante, como aquello de las supuestas nóminas de Nemesio Oseguera Cervantes. Algo se intuía y las investigaciones periodísticas lo destaparon. Por cierto, la autoridad no ha desmentido categóricamente el tema.
La narrativa de que sólo Felipe Calderón es responsable se cae. De eso han pasado tres administraciones con sus corruptelas y escándalos. Tampoco alcanza para explicar aquello de que sólo eran disputas de narcos por territorios, traiciones internas o fragmentación de grupos criminales. Cuando aparecen documentos, listas, transferencias y testimonios que exhiben una estructura de pagos —una cosa bien elaborada, casi empresarial— la narrativa cambia, sí o sí. Ya no se trata sólo de sicarios y jefes de plaza; se trata de administradores, contadores, enlaces políticos, mandos policiales y operadores financieros.
Y es que una nómina de ese calibre no es una casualidad: se trata de la formalización de la corrupción entre unos y otros. Falta la investigación formal, pero cada nombre de funcionarios de cualquier nivel en esas listas, si se confirma, no sólo representa una traición individual, sino una grieta en el aparato público, ese que prometieron sanear y no sucedió. Porque mientras desde Palacio se insiste en que “ya no es como antes”, la realidad exhibe que el modelo mutó: menos confrontación mediática y más infiltración silenciosa.
La pregunta ya no es si hubo corrupción —esa es una constante histórica—, sino quiénes cobraron y quiénes miraron hacia otro lado. Porque mientras el dinero del narco siga pagando mejor que el Estado, la lealtad institucional seguirá en oferta.
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