7 noviembre, 2026•By Adalberto Villasana Miranda
Se suele decir que hay un factor de preparación física. El método Pintus, como le decía Luka Modrić. Fotos: Uefa.com
A Rafa del Castillo, que odia las remontadas del Madrid.
Por David Martínez
Volvió a suceder. Corría el minuto 89 y el Madrid empataba. Esta vez era lejos de casa, en la pequeña Constantinopla ateniense. Un balón, en las afueras del área, cayó en los pies de Federico Valverde y, con un zambombazo, como si fuese un cañón del ejército otomano estrellándose en las murallas, el Madrid acabó ganando el partido.
Desde el partido contra el Derby County, en 1979, aunque se podría decir que empezó con la Tercera y la Quinta Copa de Europa, la remontada no es un milagro en el Madrid: es un procedimiento. Y genera una profecía: el rival que se pone por delante se encierra demasiado pronto por miedo a la leyenda, se refugia en el área y regala exactamente los metros que el Madrid necesita. Visto así, la remontada es, literalmente, una táctica del rival contra sí mismo. Un dato: dos campañas con más de un tercio de los goles en el último cuarto de hora (34,5% en 2021-22, 36% ahora) y doce puntos extra explican algo que no es coyuntura, sino estructura.
Entonces, ¿cómo explicar las remontadas? Se suele decir que hay un factor de preparación física. El método Pintus, como le decía Luka Modrić. Puede ser, pero tampoco basta. Veamos. Si fuera un asunto de preparación física del once, los goles los marcarían los que aguantan 90 minutos sobre el césped. Pero ocurre lo contrario: los goles los firman los que entran. Pensemos en Rodrygo ante el Manchester City o en Joselú contra el Bayern. Ahora, por ejemplo, Espí no llega ni a la hora de juego acumulada en toda la temporada y tiene tres dianas, todas decisivas; Endrick apenas suma una titularidad; Valverde entra en un triple cambio y mete el zapatazo en el 92. Es condición física relativa, no absoluta: no se trata de tener más fondo que el rival, sino de tener piernas nuevas en el minuto 80 contra defensas fundidas. Y eso no depende del preparador físico: depende de la profundidad del banquillo.
Esto tiene otro punto de vista, por supuesto. El Madrid es un equipo que sufre y llega tarde al marcador. El rival aguanta 75 minutos el resultado con orden colectivo; lo que ya no puede aguantar son quince minutos de individualidades decididas — el empate de Mbappé, el disparo de Valverde. En el último tercio el partido se simplifica: se reduce a duelo de talento contra piernas fundidas, y ahí la diferencia de plantilla se maximiza. Podríamos ponerle un nombre a esto, algo así como superioridad unitaria concentrada. Lo que hemos llamado hacer que respire el talento. Tiene, esto, un legado histórico. El Real Madrid es un equipo de jugadores: el de Di Stefano, el de la Quinta, el de los Ferrari´s, el de los Galácticos …
En el Madrid de los García, se decía que el estilo es el pundonor. Bien mirado, ese factor también influye. El pundonor, no es un rasgo innato: es memoria institucional repetida. Quien ha vivido aquellos volteos ya no vive el minuto 85 como agonía, sino como territorio conocido. La frase de Mourinho el día del Espanyol—cuando empiezas a ganar puntos en el último minuto, puede significar algo— apunta exactamente a esto: un episodio aislado es varianza; cuando se repite y se hereda, es identidad. Definamos el pundonor, entonces: el convencimiento de que el partido no acaba hasta el silbatazo. Se lucha hasta el final, como dijese Nacho en una semifinal de infarto.
Pero el pundonor, no basta. Hace falta una actitud que se suele ver poco. No dar por cerrado el resultado nunca, seguir empujando cuando el rival empieza a gestionar su ventaja. ¿Qué significa eso? Pues que hay que llegar con el partido vivo al minuto 75. Por ejemplo, para remontar del 4-3 al City o el otro día a la Roma entre el 83 y el 90, primero hay que no haber tirado el partido antes ni haber bajado los brazos. Significa entender, pese a ir perdiendo tres a uno, que hay que ir -antes que nada- por el segundo gol. Y luego a por el tercero. Paso a paso. Suele pasar que se quiere anotar antes el segundo gol que el primero, y ahí multitud de equipos fracasan.
Entonces, pensar la remontada es hablar de dos factores: el pundonor y la resistencia a la derrota. Digamos que eso es el marco teórico (por qué nunca se dan por vencidos), la profundidad de plantilla es el habilitador material (con qué lo hacen) y la superioridad individual concentrada es el ejecutor (quién lo concreta). El Madrid gana sobre la campana porque es el único instante del partido en que sus tres ventajas —banquillo, talento y convicción— apuntan todas a la vez al mismo sitio: al arco contrario.
Sobre el tiempo gana el Madrid. Está vez el capitán, Federico Valverde.
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