Clara Brugada ofrece reconciliación y trabajo en la CDMX
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Por David Martínez
Tampoco es para echar las campanas al vuelo: hace un año el resultado fue el mismo (2-1 en el Bernabéu, con Valverde en el lateral derecho y el Barcelona minimizado), pero el titular de la jornada fue otro: Vinicius desafiando a Xabi Alonso. Aquel triunfo quedó como una alegría efímera, el pistoletazo de salida de un desplome que se midió en 19 puntos menos que los azulgranas en Liga (99-80) y en tres entrenadores desfilando por el banquillo. Fue el si puedo, pero no quiero. El domingo pasado, en el Camp Nou, los mismos gestos de entonces reaparecieron y, por primera vez desde aquella noche, sirvieron para algo. Lo inquietante no es lo que el equipo descubrió, sino lo que se tuvo delante, sin querer verlo. Y es también un síntoma: no es lo mismo quién lanza el mensaje. Ya había pasado antes, también, eso, cuando Benitez y Zizou.
El caso es que las cosas que Mou implementó, ya estaban allí. Valverde por la derecha ya se había ensayado desde los tiempos de Ancelotti; también la incorporación de un mediocentro creativo junto a Tchouameni, con Güler, como si fuese el sucesor de Luka Modrić y el francés el nuevo Casemiro. Todas esas soluciones asomaron en el largo año que va del primer clásico de la temporada anterior a esta y todas se desvanecieron. Doce meses de fracasos: cada remedio se estrenaba, ilusionaba y devolvía al equipo a la casilla de salida. En el Camp Nou no cambiaron los ingredientes; cambió la mano que los cocinó.
Como ya se vería demasiado raro cambiar a cuatro entrenadores, parece que ahora si se asumió el mensaje. Pero antes, tuvo que llegar el susto, hace 11 días, a las puertas de Roma. Era el cuarto partido seguido con el eje en manos de Tchouameni y Valverde, y además en su versión más antifutbol: el doble pivote más los cuatro atacantes, sin Güler ni Bernardo Silva de inicio. Del 3-1 al 3-4, con la noche deshecha, Mourinho desmontó el andamio y mandó al uruguayo al lateral, y el talento respiró. La enmienda llegó por pasos: contra el Sevilla retrasó a Güler hasta la base, un movimiento al que se había resistido hasta entonces; ante el Leipzig colocó en esa zona a Bernardo Silva; y en el Camp Nou sostuvo la fórmula. Mezclar talentos en el centro del campo: tan sencillo de enunciar, tan difícil de implementar en este Madrid. Los números avalan el equilibrio: Tchouameni recuperó 11 pelotas, más que nadie, y a su lado Bernardo —segunda titularidad seguida— dio orden a la salida.
Para el Barcelona, en cambio, el partido deja un panorama incómodo. Dos derrotas en una misma semana —4-2 en París y 1-2 en el clásico— cortan de raíz una racha de 11 victorias seguidas, y la manera agrava más el daño que el resultado. El equipo tuvo la pelota (62%), pero el dominio fue un trámite: 640 pases frente a los 380 del Madrid y, sin embargo, un circuito tan pulcro como inofensivo. No supo, pues, qué hacer con el balón. Rodri, el mediocampista más deslumbrante del mundo, apenas dirigió 23 de sus 96 pases hacia el último tercio. Su llegada prometía un Barcelona nuevo y a la vez familiar, aquella sexta Copa de Europa; de momento, ese horizonte se aleja.
El balance, aun así, tiene una letra pequeña inevitable: en la defensa siguen abiertas cuentas viejas, con un defensa central que no casa con la Historia del club, con tipos como Dumfries y Alexander-Arnold encadenando la tercera suplencia consecutiva. La noche la ganó lo colectivo; la estructura sigue pendiente. Porque, como ya se dijo, jugar bien empieza por defender bien.
En fin, en el clásico, el Madrid cuadró por fin su círculo. La verificación sobre si esto será un despegue llega pronto: en tres jornadas vuelve Vinicius a la Liga, y con él la tentación de deshacer el equilibrio. La duda ya no es si este equipo sabe salir del pozo, sino quiere hacerlo.
Al final del túnel, ya sabemos, está la décimo sexta Copa de Europa. Nada más, pero nada menos.

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