Cimienta segundo piso sobre 200 mil asesinatos
Santa muerte sello del ganso; cimienta su segundo piso sobre 200 mil asesinatos. Yo Campesino. 4T un Tzompantli. Miguel A. Rocha Valencia.

Por David Martínez
Creo recordar que fue Nietzsche quien imaginó un demonio que se colaba en la más solitaria de las soledades y susurraba: esta vida, tal como la vives y la has vivido, tendrás que vivirla otra vez, e innumerables veces más. El eterno retorno es el peso más pesado y lo convirtió en un examen: solo merece volver aquello que uno sería capaz de amar por toda la eternidad. El domingo, en el Metropolitano, el Real Madrid repitió el examen. Y volvió a suspenderlo. No hizo falta ningún demonio, bastó con la alineación para saber que la cosa pintaba mal.
Además, parece que Mourinho no ha visto los partidos del club, a pesar de que dice tener un gran diagnóstico. Un pequeño detale: en el Metropolitano alineó a los mismos seis de hace un año, en el mismo estadio, con el mismo guion y el mismo desenlace (Tchouameni, Valverde, Güler, Bellingham, Vinicius, Mbappé). Entonces estaba Xabi Alonso al mando y el Madrid naufragó 5-2. Cambió el entrenador, cambió el estilo prometido, cambió hasta la retórica del club. La foto, idéntica. Es la marmota que Arbeloa ya describió al vestuario hace unos meses: el equipo despierta cada gran cita con la misma canción en la radio y los mismos agujeros que Ancelotti detectó en agosto de 2024. Se supone que las personas, cuando equivocan, acaban aprendiendo, pero en el Madrid, la alarma suena y el equipo se da la vuelta, hacia el otro lado. hemos convertido en política deportiva el eterno retorno de Nietzsche. Los técnicos pasan, la actitud permanece.
El problema nunca fue una sola persona. Ancelotti avisó, Xabi padeció y Mou administra mal. Tres técnicos, una sola estructura. El club no cambia de época: cambia de portavoz. En el centro de esa estructura, literalmente, el mismo centro del campo: Valverde y Tchouameni llevan dos años sin imponer un plan de juego, una pareja que debía ser cimiento y sigue siendo un aviso. Detrás, Huijsen —el defensa más caro de la historia blanca— vuelve a naufragar en la exigencia máxima y regala el penalti que desmonta al equipo. Es un jugador, y eso no lo ha entendido la planta noble del club, que desmonta la imagen histórica de lo que es ser un defensa central del Real Madrid. Las estrellas, esas famosas Tortugas Ninja, se reparten una misma función: la ausencia. Ni están ni se les espera, pro usar aquella célebre frase.
Vinicius, sobre todo, que ha pasado de romper el techo a romperse él solo: cuatro regates en cuatro partidos (Inter, Rayo, Elche, Atlético), la misma cifra que su suplente, Diomande, firmó en el rato que le tocó jugar. Su banda izquierda es por donde pasan las tropas de Anibal para tomar Roma. Mbappé completó otra tarde sin un tiro a puerta; 17 de sus 94 goles —apenas el 18%— han llegado en clásicos, derbis y noches europeas. En los partidos donde la calidad se espera, el delantero se ha vuelto su espectador más caro. Y Güler, el sucesor de Luka, qué decir. Fue borrado del mapa por la media física del Atlético. A veces, no es que falte músculo, es que falta cerebro.
La evidencia del partido demuestra que con Mourinho ha vuelto el antifútbol. El dato está ahí: 0,32 de goles esperados, la cifra más raquítica de las últimas diez temporadas en el club. A eso sumémosle que el equipo jugó con diez desde el minuto 50. Si el futuro es esto, mejor cerremos. Concentrémonos es los partidos de la Copa de Europa. Mourinho no ha impuesto ningún plan, la creación depende de un chico de 21 años al que dos gandules en plan matón borran del partido. Lo único que queda es calcular, especular, administrar la escasez y esperar el error ajeno. Eso es el antifútbol: la contabilidad de una pobreza. Pero resulta que el Madrid no es pobre.
Vuelve el disco rayado, la queja arbitral. La protesta como coartada. Pero eso es no entender lo que dicta la Historia de un club como el Madrid: se juega donde sea, contra quien sea, como sea y con quien sea. Sólo vale ganar. Buscar excusas, apuntar al colegiado, sólo hace que nos veamos el ombligo: nadie preguntará por qué esta plantilla lleva dos años sin ganar. Callémonos y juguemos. Dejemos al talento respirar: pongamos a Bernardo Silva, a Rudiger, sentemos un rato a Vini, a Mbappe para que tomen aire, se despejen y hagan sepa dios qué. Vendamos a Huijsen y fijemos a Ascencio. Demos paso a Endrick, a Espi y a quien haga falta.
El antifútbol y la política de los comunicados rimbombantes son, al fondo, el mismo punto: dos maneras elegantes de no querer encarar el problema y hacer el rídiculo.
Nietzsche propuso el eterno retorno como una prueba: ¿qué vida merecería ser repetida infinitamente? El fútbol, que ya se vive en bucle —ligas, copas, mercados, clásicos—, es el deporte natural de esa pregunta. Recordemos: solo merece volver aquello que uno sería capaz de amar por toda la eternidad. Entonces, sólo nos gusta retornar a Cibeles, de ser posible con la Copa de Europa. De acuerdo, no siempre se puede, pero desde hace dos años, la respuesta es miserable: cambiar de técnico para no cambiar nada. La primera vez, Mourinho llegó para destronar al mejor Barça de la historia: la tragedia resultó, al menos, una guerra en la que fallecimos con honor. Esta vez es otra cosa, la farsa de un club que contrata bomberos ilustres para no admitir el fuego. Mientras la estructura siga igual, no hará falta ningún demonio ni ninguna queja. El eterno retorno ya tiene abono en el Metropolitano. Al fondo, ya a la vuelta de la esquina, se alcanza a ver el clásico del Camp Nou. Faltan tres jornadas y el Barça parte con seis puntos de desventaja.

Santa muerte sello del ganso; cimienta su segundo piso sobre 200 mil asesinatos. Yo Campesino. 4T un Tzompantli. Miguel A. Rocha Valencia.
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