2 agosto, 2026•By Adalberto Villasana Miranda
Si la Quinta del Buitre era un huracán, Baresi era el ojo de la tormenta. Foto realmadrid.com
A Nihilis García Alonso
Por David Martínez
Hay rivalidades que se miden en trofeos y otras que se dirimen más en el terreno de la psicología. A finales de los años ochenta y principios de los noventa, el fútbol europeo asistió a un choque interesante: la exuberancia atacante de la Quinta del Buitre contra la fortaleza impenetrable del Milán de Arrigo Sacchi. En el centro de ese tablero rojinegro, moviendo los hilos con una calma sobrenatural, estaba un hombre bajo, de cabello rizado y lectura de juego estratosférica: Franco Baresi.
Para entender el impacto de Baresi sobre aquella generación del Real Madrid, primero hay que entender lo que significaba la Quinta. El equipo de Leo Beenhakker y luego de John Toshack no era solo un conjunto de fútbol; era una declaración de intenciones, la misma transición política hecha fútbol. Con Hugo Sánchez como depredador de área, Michel como director de orquesta desde la medular y un Emilio Butragueño, que tenía cara de niño bueno, de esos que no rompía un plato, el Madrid arrasaba en España con un fútbol vertical, alegre y despiadado. Ante ellos, los rivales solamente podían recoger el balón al fondo de la red.
Cuando chocaron contra el Milán, Baresi no solía recoger balones de la portería. Al contrario, evitaba que sucediera, planificaba. Era un muro que parecía no estar nunca, pero al que jamás lograbas saltar.
La anécdota más reveladora de esta superioridad no viene de un análisis táctico, sino de la confesión del propio Buitre. Años después, preguntado por los defensas más temibles que había enfrentado, Butragueño dio una respuesta que destila respeto absoluto y un leve escalofrío: el único que me da pesadillas es el seis del Milán.
El terror de Butragueño no venía del dolor físico, sino de la impotencia. Baresi no le robaba el balón con una entrada arriesgada; se lo robaba con la mente. El seis del Milán tenía la habilidad de aparecer exactamente en el espacio donde Buitre iba a recibir, haciendo que el tiempo y el espacio, los dos aliados fundamentales del Nene, simplemente desaparecieran. En pocas palabras, Baresi deprimió a Butragueño. La Quinta, tal cual se muestra en un famoso vídeo ya con Benito Floro en el banquillo, nunca logró recuperarse de aquel Milán.
El famoso partido de las semifinales de la Copa de Europa en 1989 (aquel un 0-5 que todavía duele en el corazón de todo hincha madridista) es la cartilla de presentación perfecta de esta dominación. Aquella noche el Madrid, salió a jugar acostumbrado a darle la vuelta a las eliminatorias. El partido, aunque duela, es el ejemplo perfecto de cómo neutralizó a la Quinta del Buitre. La clave no estaba en marcar hombre a hombre, sino en cortarle el oxígeno al sistema. El Milan de Sacchi basaba su defensa en una línea altísima y un fuera de juego geométrico y una presión asfixiante. Baresi era el arquitecto y el que mandaba a la tercia de holandeses y a Carletto. Sorprendió a todos con una salida limpia de balón, con la que rompió las líneas de presión madridistas. Ese simple pase, lo convertía en el primer atacante: no tardó en caer el gol. En total, hasta cinco y la cara de impotencia de un tipo tan duro como Sanchis, quedó para la Historia. Cuando Michel intentaba buscar el hueco entre los centrales o la espalda de los laterales, Baresi soltaba un grito, daba un paso al frente y la línea entera se elevaba. Hugo Sánchez, habituado a medir el vuelo del balón, se encontraba de repente en fuera de juego, como sombra en el campo. Butragueño, en sus diagonales habituales hacia el área, topaba con Tassotti y Alessandro Costacurta, a los que podía eludir, pero sabía que el último veredicto, el Everest, sería Baresi. El seis no corría detrás del delantero; corría hacia donde el Buitre quería ir. Nunca hubo forma, nunca tuvo oportunidad.
Si la Quinta del Buitre era un huracán, Baresi era el ojo de la tormenta: una quietud absoluta en medio del caos que desarmaba al más grande artista que había visto el fútbol español desde Luis Regueiro. El impacto de Baresi en esa generación blanca fue tan profundo que trascendió lo futbolístico. Hay un momento en la carrera de todo gran deportista cuando se da cuenta de que hay un nivel superior al que ya no puede llegar. Aquellos enfrentamientos con el Milán enseñaron a la Quinta del Buitre que la brillantez ofensiva, por mucha magia que tuvieran en los botines, no podía sostenerse si no había un equilibrio estructural detrás. Paradójicamente, el mayor legado de Baresi para el Real Madrid fue la lección implícita de que sin un seis en La Quinta, el sueño europeo de La Séptima era imposible.
Poco más que decir. Ya se ha dicho en otro lado absolutamente todo de Baresi y sus cualidades: hacía que los más rápidos parecieran lentos, que los más ingeniosos parecieran predecibles y que la que alguna vez fue la más temible delantera de Europa se sintiera, por fin, mortal. Descanse, pues, en paz.
Cuando chocaron contra el Milán, Baresi no solía recoger balones de la portería. Al contrario, evitaba que sucediera, planificaba. Foto en X @acmilan
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