30 abril, 2026•By Adalberto Villasana Miranda
Hace Sebastian Sawe un maratón en menos de dos horas. Fotos tomadas de endurancegroup.org
Una hora cincuenta y nueve minutos, treinta segundos
Por David Martínez
Sebastian Sawe cruzó la meta en Londres con un tiempo de 1:59:30, las redes sociales explotaron en celebración. Se detuvo el tiempo. Lo que ocurrió en Londres fue extraordinario. Pero no por las razones que cree la mayoría de la gente.
Para dimensionar la magnitud de este logro, es necesario mirar hacia atrás, mucho antes de la era de los cronómetros digitales y los tejidos técnicos. Según el historiador Heródoto, el origen mismo de esta prueba —la legendaria carrera de Filípides desde la llanura de Maratón hasta la Acrópolis de Atenas para anunciar la victoria sobre los persas— se realizó en condiciones de guerra y fatiga extrema. Heródoto relata que el ejército ateniense, que recorrió esa distancia, lo hizo en aproximadamente cinco horas. El hecho de que un atleta moderno pueda cubrir esa misma distancia en menos de la mitad del tiempo que tardó un ejército en movimiento táctico, ilustra una transformación radical en la capacidad humana. De la supervivencia a la optimización extrema.
Durante décadas, nos han vendido la narrativa romántica del maratón. No es sólo el ejército ateniense, también es Abebe Bikila conquistando Roma, denunciando la ocupación italiana bajo el fascista Mussolini. Eliud Kipchoge como un monje guerrero enfrentándose a los límites últimos del cuerpo humano. Estas historias funcionan porque tocan algo profundo en nuestra psicología: la idea de que el éxito supremo nace de la voluntad individual, de la capacidad de sufrir más que nadie, de ser simplemente mejor.
El problema es que esta narrativa es ahora una ficción. Ya no se trata de la voluntad humana, ni del talento o el sacrificio. Todo eso, ya se da por supuesto.
Sawe no rompió la barrera de dos horas solo. Lo hicieron con él un ejército invisible de especialistas. Adidas invirtió millones en zapatillas que pesan 96 gramos y están fabricadas con placas de carbono que funcionan como un resorte biomecánico. Nutricionistas calcularon cada gramo de carbohidrato que debía ingerir cada hora: exactamente 115 gramos de fructosa-glucosa para mantener su cuerpo en niveles óptimos. Entrenadores biomecánicos analizaron cada movimiento de su zancada. Psicólogos deportivos prepararon su mente. Analistas de datos modelaron las condiciones climáticas de Londres para encontrar el día perfecto.
Esto no es una crítica a Sawe. Es un atleta extraordinario y merece sobrado reconocimiento. Pero es una crítica al autoengaño colectivo en el que incurrimos cuando celebramos estos récords como si fueran pruebas de la capacidad humana sin mediación tecnológica. No lo son.
Esto tiene implicaciones que nos incomodan. El deporte de élite se ha convertido en una competencia entre corporaciones multinacionales disfrazada de competencia entre atletas. Nike, Adidas, Asics no compiten solo por qué marca vende más zapatillas. Compiten por la gloria de ser la marca detrás de la fotografía histórica. Sawe rompió el récord usando Adidas. Kipchoge lo hizo usando Nike. Cada marca invierte cantidades astronómicas en investigación y desarrollo porque saben que una victoria olímpica o un récord mundial genera miles de millones en ventas de calzado a consumidores que creen estar comprando tecnología olímpica cuando en realidad están comprando una ilusión de excelencia.
Lo que ha cambiado es la escala y la velocidad. Cuando Bikila corría, la diferencia tecnológica entre él y un corredor promedio era mínima. Hoy, la brecha es un abismo. Un corredor de élite puede ganar a un corredor de talento idéntico con zapatillas comerciales de hace cinco años por márgenes que parecen imposibles.
Entonces, ¿qué hizo realmente Sawe? Corrió rápido. Muy rápido: un promedio de velocidad de 22 kilómetros por hora. Entrenó duro. Tuvo talento excepcional. Pero también tuvo un equipo de decenas de especialistas en múltiples aspectos. La ciencia, a día de hoy, ha avanzado lo suficiente para optimizar cada variable.
Sawe no corrió contra la distancia y sus propios límites. No tuvo que llegar a la Acrópolis a salvar una ciudad o enfatizar que corría para devolver la dignidad al pueblo etíope. Sawe es un hombre altamente capacitado, patrocinado por una corporación multinacional, en condiciones climáticas calculadas, persiguiendo un logro que una docena de países y empresas querían que lograra. Eso sigue siendo extraordinario. Pero es extraordinario de una manera completamente diferente a la que nos han enseñado a celebrar.
Sawe no rompió la barrera de dos horas solo. Lo hicieron con él un ejército invisible de especialistas. Adidas invirtió millones en zapatillas que pesan 96 gramos. Imagen en X @adidas
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