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Miguel Ángel Russo : Un tipo que murió con los colores sobre el pecho
Por David Martínez
De pronto, en un rincón de Buenos Aires, el vocabulario nos trasladó a marzo de 2020. Se escuchaba: quédate en casa, Miguel. Tiempo atrás a Miguel Ángel Russo, le habían detectado un cáncer muy feo. Fue cayendo la noche, pero él, aún se atrevió a aceptar dirigir a Boca Juniors por tercera vez. El debate se puso feo: ¿tu recuperación, tu salud, lo que necesita es el estrés de un banquillo como el Boca Juniors?
Queda claro que la petición era bienintencionada: la decían por cuidado, para que la salud fuese ganando terreno. Pero he aquí un punto interesante: ¿qué pasa cuando te quieren quitar lo único que te gusta, lo único que te da fuerzas? ¿No es eso como darte por muerto? Hay que entender que la casa de Miguel era el fútbol. Dijo siempre que su cabeza sólo funcionaba con un balón de por medio. Y hasta el último suspiro, como argentino que se precie, respiró ese aire a potrero, ese aire limpio de infancia, calle y barro. El fútbol es sólo un juego, de acuerdo, pero hay que tomarlo con seriedad, porque te da lecciones e historias que son útiles para la vida. He aquí una. Conmovedora hasta más no poder, además.
Las personas que estuvieron a su lado en estos últimos días, han confirmado que Miguel Ángel Russo hizo un pedido muy especial: que le pusieran la ropa y el escudo de Boca Juniors, que lo vistieran con los colores azul y amarillo. Y uno, como hincha, como observador, no deja de pensar: así se debe morir uno, con los colores en lo alto. Que los tipos que pasen y rindan pleitesía, sepan de qué va esto. Quién manda y quien debe ganar hasta en el recreo.
Miguel no nació en Boca, pero se fue siendo hincha. Como jugador brilló con el Estudiantes de Bilardo, en uno de los medios más mentados de todas las eras (con Sabella, Ponce y Trobbiani). Su gran decepción fue no venir al mundial de México, donde Argentina sería campeón. Bilardo, con gran pesar, le dijo: cuando seas entrenador lo entenderás. Y, justamente, como técnico, llevó su pizarra a un nivel superior. Dirigió desde ascensos hasta la final de la Libertadores y la Intercontinental. Dirigió más de 16 clubes de 8 países. Sus equipos siempre se armaron de atrás para adelante, porque Russo entendía aquello que ya ha dicho Ancelotti: para jugar bien hay que defender bien. El cero es el símbolo que cambió la historia de la matemática y con el que inicia todo. Aun así, sus equipos siempre respetaron la pelota, y con el tiempo se fue despojando de ese mote de técnico saca puntos. El pasar del tiempo, lo llevó a la catedral de América, a esa cajita de bombones llamada Bombonera. Su vínculo con Boca Juniors, quizá el club más parecido al Real Madrid, donde ganar es un alivio y la derrota una tragedia descomunal, fue más allá de la simple adaptación de un contrato: se trató de una simbiosis estética y filosófica. Miguel proporcionó la sustancia narrativa (con un simple grito, Vamos Boca, carajo, lo cambio todo) y la densidad moral; y Boca, por su parte, tradujo esa visión a imágenes de una belleza muy particular y un ritmo hipnótico. Ahí están las fotografías del día que Boca le alzó el campeonato a RiBer en la última jornada. La gallinearon, alguien dijo y Russo se río. O la conmovedora foto con Maradona, la última vez que el genio pisó la Bombonera.
Boca es un mundo adentro y otro afuera, yo me quedo con el de adentro, fue otra de las frases que pronuncio y que ahora parece que se le devuelve en un terreno metafísico. El amor lo cura todo, hasta el dolor de una muerte. Xeneize hasta la tumba, no hay duda. Poco más que decir. Fue un tipo siempre respetuoso y cordial. Nunca un dardo malicioso, nunca una bomba ni una mala palabra. El fútbol a veces produce hombres así, definitivos. Su imagen final lo muestra dirigiendo en Boca, porque lo hacía feliz. Quédate en casa, Miguel, le dijeron. Pero Miguel sabía perfectamente que no puede haber una casa mejor que la Bombonera. Cualquiera que ame el fútbol, pero que lo ame de verdad, comprenderá por qué a ese estadio se le dice El Templo. No vibra, late. Quédate tranquilo, Miguelo, va a latir hasta el final. Hasta la última de sus fuerzas. Hasta el último brillo de tu sonrisa. Descansa en paz y gracias por todo.

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Excelente semblanza de Miguel Russo. Refleja el sentir del aficionado del fútbol, sin banderías. Sin desmerecer Russo nació y vivió en y por Estudiantes. No solo jugó solamente en Estudiantes, sino que fue socio toda su vida, en la condición de vitalicio. Sin desmerecer, con Boca y luego con Rosario Central, fue de un amor inmenso.
Con Boca, decidió despedirse del fútbol.