8 junio, 2026•By Adalberto Villasana Miranda
Abanico, por Ivette Estrada.
Abanico
Radiografía de la envidia contemporánea: El cáncer que no se nombra
Por Ivette Estrada
Se sienta en nuestra mesa y lee lo que escribimos. Se mimetiza en el aire y recorre minuciosa los pasillos. Se vuelve el cáncer más pernicioso, sombra que se dice “amiga”. Se llama envidia. Nadie la nombra pese a su acecho y obstinación.
La envidia no es solo “querer lo que el otro tiene”. La envidia contemporánea es más sutil: es el dolor que sentimos ante el brillo ajeno porque nos recuerda nuestra propia sombra.
* Fragilidad del yo: identidades inestables y autoestima dependiente de validación externa.
* Escasez emocional: la idea de que el éxito del otro reduce el nuestro.
La envidia es un duelo por lo que no somos, no tenemos o no logramos.
Mientras la admiración es luminosa y reconoce el valor del otro, la envidia es su sombra: cuando admirar duele. Este giro ocurre cuando la admiración toca una herida propia y el otro encarna una versión de nosotros que sentimos inalcanzable.
El éxito ajeno nos confronta con nuestra falta de acción o disciplina. Cuando el vínculo es cercano, se vuelve comparativo. La admiración se vuelve envidia cuando deja de inspirar y empieza a humillar. Un factor común en la envidia es la cercanía.
El cuerpo de la envidia.
La envidia no quiere lo que el otro tiene: sólo quiere que el otro deje de tenerlo.
La lógica es primitiva: “Si tú brillas, yo desaparezco.”, “Si tú creces, yo me achico.”, “Si tú eres vista, yo soy borrada.”
Por eso la envidia opera con micro‑violencias: Minimiza logros. Desacredita. Hace comentarios pasivo‑agresivos. Retira apoyo. Compite en silencio. Desea que al otro “le vaya tantito mal”. La envidia no busca justicia: busca equilibrio emocional a costa del otro.
Y no hablamos de envidia porque es el pecado más vergonzoso: revela nuestra pequeñez. No hablamos de envidia porque nos hace sentir moralmente inferiores. Es socialmente inconfesable.
No queremos admitir que el otro nos importa tanto y nos confronta con nuestra falta de trabajo interno. Entonces, es más fácil disfrazar la envidia de “preocupación”, “consejo” u “opinión”.
Realmente, la envidia es el tabú emocional de nuestra época. Necesita proximidad para encenderse. Por eso envidiamos más a quienes comparten nuestro territorio profesional, social o emocional.
También a quienes son comparables a nosotros porque representan una versión posible de lo que podríamos ser, nos recuerdan decisiones que no tomamos y nos muestran que “sí se podía”.
A los lejanos los admiramos; a los cercanos los comparamos, pero a los muy cercanos los envidiamos.
La distancia no evita la envidia, pero protege la energía. Y existen tres niveles de distancia sana:
* Informativa: no compartir lo que el otro no puede sostener.
* Emocional: no buscar validación donde hay competencia.
* Estratégica: no exponerse a quien reacciona desde la carencia.
Transformar la envidia a una ética de la admiración implica nombrarla sin vergüenza, reconocer lo que nos duele, convertir la comparación en inspiración, celebrar sin sentir que perdemos algo y practicar la gratitud como antídoto. La admiración es la forma madura de la envidia.
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