15 marzo, 2026•By Adalberto Villasana Miranda
Guardiola dice no odiar al Real Madrid sino respetarlo. Foto: en X @ManCityPT
Por David Martínez
Hay un viejo chiste que dice que hace algunos años el Real Madrid le llevaba 6 Copas de Europa al Barça, pero llegó Cruyff e inventaron el fútbol. Llegó Messi el genio de todos los tiempos, junto con la mejor generación que ha jugado este deporte: Xavi, Iniesta y Busquets. Llegó Guardiola, el mejor DT del mundo, que encima es filósofo y mea colonia. Bueno, ahora el Madrid les lleva 10.
La rivalidad con el Barça ha mutado. Evidentemente, siguen siendo importantes, nada infla el pecho del hincha del Madrid que golear al Barça. Perder contra ellos, ya se sabe, es como el apocalipsis. Pero, si tomamos en cuenta lo que sostiene el chiste, veremos que ese sentimiento de rechazo se ha extendido a Josep Guardiola. No es un técnico tradicional: no venía de Barcelona con la saña de quien conoce cada rincón de la Casa Blanca, no traía la rabia visceral de un Mourinho. Cada Clásico bajo Guardiola dejaba de ser un partido para convertirse en un juicio sobre qué modelo de fútbol —y qué visión de Catalunya frente a España— prevalecería. Se fue del Barça al gran ogro alemán, el Bayern de Munich. ¿Cómo no odiarlo más? Y para más inri, después se pone al frente del nuevo rico y se gasta mil millones. ¿Cómo no querer colarsela?
También, pocas imágenes más icónicas que el Panenka de Benzema, los goles de Rodrygo y el penalti de Rudiger. Por eso, ahora que hay otra eliminatoria contra el City, es importante preguntarse qué significa. Qué hemos aprendido.
Existe una verdad incómoda en el deporte, en la política y en la guerra: el enemigo es quien nos enseña quiénes somos. Carl Schmitt lo sabía cuando escribió sobre la dicotomía amigo-enemigo como el fundamento de toda identidad colectiva. Y el Real Madrid, ese coloso blanco que ha dominado Europa durante décadas, ha encontrado en Pep Guardiola no simplemente un adversario, sino un espejo en el que verse reflejado con una claridad que, muchas veces, duele.
Porque Guardiola no es el enemigo que ataca frontalmente. Es Aníbal cruzando los Alpes cuando Roma creía que estaba segura en sus murallas. Los romanos tiemblan ante Aníbal no porque sea más fuerte —Roma, como el Madrid, es invencible en su propia tierra—, sino porque Aníbal piensa diferente. Aparece donde no lo esperan. Desmorona la certeza. El Madrid ha sido Roma: invencible, todopoderoso, seguro de su supremacía. Y entonces llegó Guardiola con su Manchester City, ese ejército perfectamente adiestrado, montado en Bernardo Silva, Kevin De Bruyne, Rodri, el borrachin Grealish y ahora Haaland. Una máquina de posesión y movimiento que no sabía cómo combatir.
El miedo que Aníbal infundía en los romanos era el miedo a lo desconocido, a la reinvención constante del enemigo. Cada táctica romana que funcionaba durante siglos, Aníbal la convertía en obsoleta. Así actúa Guardiola. El Madrid ganaba con la velocidad del contraataque; Guardiola inventó la asfixia posicional. El Madrid dominaba con sus laterales; Guardiola los convirtió en defensores centrales. El Madrid creía en el talento individual; Guardiola demostró que el sistema lo devora todo, incluso al genio.
Pero aquí reside la paradoja más profunda, la que Schmitt nunca se atrevió a explorar completamente: el enemigo verdadero no es quien nos destruye, sino quien nos obliga a evolucionar. Y en eso, Guardiola y el Madrid son iguales. La misma especie, cazadores del mismo trofeo, filósofos del mismo juego. Un rival es tu igual porque comparte tu obsesión. Gana y luego pide perdón.
Guardiola dice no odiar al Real Madrid sino respetarlo. Y esa es la forma más pura de enemistad: la que existe entre colegas. El Madrid no puede ignorar a Guardiola porque Pep juega al mismo juego, pero muchas veces mejor. Lo juega diferente, quizá más puro, como si fuese el poema XX de Neruda.
Viendo el último partido, a Valverde volver loco al City, uno comprende que Schmitt no entendió nada: la verdadera enemistad no es la del extranjero, sino la del vecino. Los griegos y los persas eran enemigos; pero Aquiles y Héctor eran rivales. Y esta diferencia es abismal. Un enemigo puede ser derrotado. Un rival te acompaña eternamente porque representa lo que podrías ser si fueras un poco mejor, un poco más ingenioso, más dispuesto a sufrir y reinventarte. Ya lo dije Federer sobre Nadal, por ejemplo.
El Real Madrid de hoy no es el Madrid de hace una década. Ha evolucionado, ha aprendido, ha incorporado elementos de ese fútbol que Guardiola predica. Y Guardiola, a su vez, ha tenido que adaptarse a un Madrid que ya no es el mismo rival, que juega de mil maneras y que lo único que quiere es ganar. No es una relación estática, más bien un diálogo violento y hermoso en el que ambos se transforman mutuamente.
Pep Guardiola es para el Real Madrid lo que Aníbal fue para Roma: la prueba viviente de que la supremacía no es un estado permanente, sino una conquista que debe renovarse cada día. Es el enemigo que define la identidad del Madrid no por lo que le quita, sino por lo que le enseña. Es el rival que le recuerda que la grandeza no es un derecho hereditario, sino algo por lo que tienes que pelear hasta el final. Bien mirado, esa sea la mayor victoria de Guardiola: no haber derrotado al Madrid, sino haberlo obligado a reconocer que existe alguien tan obsesionado con ganar como él, alguien tan dedicado al arte del fútbol, alguien tan igual en la búsqueda de la perfección. Pocos placeres más celestiales que colarsela a Guardiola con tres o cuatro goles. En eso consiste ser un verdadero enemigo: en ser, al mismo tiempo, un espejo del alma del rival.
Pep Guardiola demostró que el sistema lo devora todo, incluso al genio. Foto: en X @ManCityPT
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