27 enero, 2026•By Adalberto Villasana Miranda
Al presidente Florentino Pérez, al que se le pidió llanamente la dimisión. Fotos: @lagalerna
Por David Martínez
El hincha del Real Madrid es una persona curiosa: presume de haberle chiflado a tipos como Alfredo Di Stéfano, Cristiano Ronaldo, Gareth Bale, Raúl, Zidane, Casillas. No es que estamos hablando de cualquiera, son las leyendas del club. Gente que ha ganado la copa de Europa, que es recordada por momentos icónicos, de los que el propio hincha también presume. Te chiflan al mismo tiempo que te dicen: yo he visto jugar a Don Alfredo. Y a saber cómo lidiar con eso, porque está claro que pocos están a la altura de semejante tipo.
El 17 de enero, el Real Madrid se enfrentó al Levante. Los abucheos, pitos en la jerga española, comenzaron desde la llegada del equipo en autobús, continuaron durante el calentamiento, la lectura de la alineación y persistieron en el transcurso del juego. Los principales blancos fueron los jugadores (Vinícius Júnior, Jude Bellingham, Federico Valverde, Eduardo Camavinga y Thibaut Courtois por ese orden de intensidad), pero también se extendieron al presidente Florentino Pérez, al que se le pidió llanamente la dimisión. Evidentemente, son motivo de varias y sucesivas frustraciones: la derrota 3-1 ante el Barcelona en la Supercopa de España, la humillante eliminación de la Copa del Rey (ante el Albacete de Segunda División), el despido de Xabi Alonso como entrenador y la llegada de Álvaro Arbeloa. La frustración también parte de la añoranza: un mediocampo sin la Santísima Trinidad, lo que ocasiona falta de control en los partidos, errores en la salida de balón y baja intensidad en el juego. La vara está muy alta, desde muchos ámbitos y no es fácil ya no igualarla, sino intentarlo siquiera.
Aunque es verdad que la imagen, ese público encendido, lleva implícita varias preguntas.
La primera no puede ser otra más que la de si el público del Bernabéu es soberano. Habría que decir que sí. Los aficionados son los que pagan las entradas, sostienen el club económicamente y generan la atmósfera que hace único a ese estadio. En el caso del Real Madrid, un club con una historia de exigencia extrema, los hinchas no solo apoyan, sino que exigen excelencia, y tienen derecho a expresar su opinión, incluso de forma dura. Como señaló Toni Kroos: si no te han silbado aquí, no eres un gran jugador. Entonces, es parte del paquete, de vestir la mítica camiseta blanca. Tomemos por caso a Huijsen. Los pitos parecen decirle: despierta, tonto, que estás en el Real Madrid. O a Vini: ya deja el berrinche y juega. Sin embargo, esta soberanía no es absoluta; debe equilibrarse con el respeto al esfuerzo de los jugadores, evitando cruzar líneas hacia el acoso o la toxicidad (el Bernabéu no es Mestalla, por ejemplo). Pongamos el punto medio: viendo los partidos posteriores, la pitada ha ocasionado el efecto bumerán, pues ahora hay una mayor presión tras la pérdida del balón, sugiriendo que la soberanía del público ha sido un catalizador positivo que se ha canalizado bien.
Segunda pregunta, o al menos, una que debería rondar por todos los campos: ¿hasta qué punto un hincha debe apoyar a su equipo? Se suele ver a los hinchas en los buenos momentos, pero también es cierto que el apoyo no implica ser ciego ante los problemas. En el Bernabéu, históricamente, la afición ha demostrado que su lealtad es profunda, pero está condicionada al compromiso del equipo para con los valores del club. El Real Madrid es lo que es porque la afición jamás apoya hasta el punto de ignorar fallos graves (como falta de esfuerzo o los errores repetidos) podría perpetuar mediocridad. Lo dijo el propio Don Santiago: la camiseta es blanca, se puede manchar de barro, de sudor y hasta de sangre, pero jamás de vergüenza. Esta máxima resume la filosofía de entrega y nobleza del club. Si bien, el fútbol es un deporte de altibajos, en el Real Madrid, la actitud no se negocia jamás. El público silbó porque entendía que la actitud, la intensidad de la que tanto hablaban Zidane y Carletto, no estaba.
Finalmente, parece necesario preguntarse cuándo es válido mostrar enojo. Ya hemos dicho: en el Bernabéu, cuando hay evidencia de falta de compromiso, esfuerzo insuficiente o decisiones institucionales que perjudican al club. No es justo abuchear por un mal día o factores externos (lesiones, arbitrajes), pero sí cuando se percibe apatía. El enojo se valida si es proporcional y busca mejora, no destrucción; por ejemplo, los pitos aquí llevaron a un cambio de dinámica en los partidos subsiguientes: el equipo ya está a punto del Barça y es tercero en la tabla en la Copa de Europa. Sin embargo, no es válido cuando se convierte en personal o prematuro, como silbar a Vinicius antes del partido, lo que roza lo injusto porque equivocarse es humano y pasa, pero la grandeza se construye al aprender de esos errores. Hay que entender que este no es un sitio cualquiera. Los pitos reflejan la pasión y exigencia del madridismo, son la contraparte del famoso miedo escénico. En esencia, los pitos simbolizaron una demanda de cambio urgente en el rendimiento, la actitud y la dirección del club. No es una reacción aislada, sino el clímax de una temporada marcada por la ausencia de trofeos mayores en la anterior y un inicio irregular en la actual. Si invitan a reflexionar sobre cómo equilibrar la crítica y el apoyo al equipo. El fútbol vive de esta tensión, y el Bernabéu, con su historia, sigue siendo un juez implacable pero necesario.
Los pitos reflejan la pasión y exigencia del madridismo, son la contraparte del famoso miedo escénico. Fotos: @lagalerna
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