19 enero, 2026•By Adalberto Villasana Miranda
Palabras Más / Arturo Suárez Ramírez / @arturosuarez
Palabras Más
¿Censura institucional?
La responsabilidad de un escritor
es cuestionar y desafiar las injusticias
y la opresión en la sociedad
Kenzaburo Oe
Arturo Suárez Ramírez / @arturosuarez
No cabe duda de que a ninguna corriente política que se hace del poder le gusta que la critiquen, aunque haya llegado por métodos democráticos y después se radicalice, vaya en contra de lo que pregona y termine descalificando a todo aquel que vierta una opinión distinta, estigmatizándolo como adversario o incluso como enemigo del régimen. Ese es un escenario común en países con dictaduras, como varios de América Latina, y en aquellos gobernados por admiradores de los anteriores.
Desde la llegada de la 4T con López Obrador en 2018, la libertad de expresión se ha ido erosionando. Ahí está la pérdida de medios de comunicación, el despido de periodistas porque incomodan o, simplemente, porque el empresario no quiere mantenerlos para no buscar problemas con Palacio Nacional. No se puede ocultar el sol con un dedo: en el pasado hubo ejemplos claros de censura o de control de medios a base de carretadas de billetes. El asunto es que quienes hoy gobiernan dijeron que las cosas serían diferentes, pero se parecen mucho al pasado o, quizá, hasta hemos empeorado.
En pleno siglo XXI y con la supuesta libertad que ofrecen las redes sociales, ahí vamos en el camino de la construcción de una reforma a la Ley de Telecomunicaciones. Todo indica que se trata de otro disfraz para aplicar censura bajo el argumento de una supuesta regulación, de lineamientos de responsabilidad social y hasta de moral pública. ¡Claro, claro! Siempre y cuando sea la moral, los lineamientos y el sentido social que se dictan desde el poder, porque la censura, por más que se maquille, siempre será censura.
No es un secreto la transformación de los medios públicos del Estado en medios de propaganda. Ahí están las loas que se lanzan todas las mañanas en Canal 14 después de la conferencia mañanera. No se esperan críticas feroces, pero tampoco aparece un solo invitado que pueda equilibrar el debate. Luego está Canal Once, que atraviesa una crisis evidente: desde sus cuentas oficiales se toma postura para apoyar dictaduras, se convoca a marchas en favor de Nicolás Maduro y se abandona cualquier noción de institucionalidad. Paradójicamente, muchos de los que hoy son funcionarios y comunicadores afines tuvieron espacios en tiempos de Felipe Calderón y Enrique Peña Nieto. ¿Qué dirían aquellos del pasado que lucharon por conquistar esos espacios?
La censura alcanza incluso a quienes participan en los propios medios del Estado. Nada sale al aire sin el ojo vigilante, como en los tiempos de la hermana del expresidente José López Portillo que según sus interpretaciones les metía cuchillo a las películas y programas, en algunos casos no veían la luz. Ahora le tocó a la escritora Sabina Berman, abierta adoradora de López Obrador y aguerrida propagandista. Una entrevista que realizó a Eduardo Verástegui —personaje, por cierto, no grato para este servidor— fue censurada: simplemente no se transmitió. El “defensor de las audiencias” de Canal 14, un tal Lenin Martell, argumentó que el material violaba artículos de los Derechos de las Audiencias. La verdad es que no quedó nada claro y, si no fue censura, se le parece demasiado.
Ese es precisamente el foco rojo ante una reforma en telecomunicaciones que pretenda imponer o decidir qué puede ver o no el público, escudándose en una queja, en el pobre criterio de un “defensor de audiencias” o en la orden de un director al que no le gustan las ideas distintas, aunque él mismo presuma serlo.
Todavía está consagrado en la Constitución el derecho de todos los mexicanos a expresarnos libremente, y desde la 4T se lo aplicaron tanto a la entrevistadora como al entrevistado. Quien debía velar por los derechos terminó vulnerándolos. Hay que tener cuidado, porque cuando se normaliza la censura “por causas nobles”, lo que sigue es la censura totalitaria, esa que López y Sheinbaum dijeron que no existiría o que, convenientemente, ejercen los subalternos. Cuando el silencio se impone, ya no hay transformación que valga la pena llamar democrática… pero mejor ahí la dejamos.
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