3 febrero, 2026•By Adalberto Villasana Miranda
Palabras Más / Arturo Suárez Ramírez / @arturosuarez
Palabras más
¿Quién obedece?
La forma en que empleas la palabra “Dios”
no muestra en quién piensas, sino lo que piensas
Ludwig Wittgensteine
Arturo Suárez Ramírez
No se necesita ser un gran estratega de la geopolítica para entender cómo se comporta,
hacia dónde va y cuál es la táctica del presidente de los Estados Unidos. El republicano no es un negociador, como se dice comúnmente; simplemente arrebata. Así que ni Enrique Peña Nieto, ni Andrés Manuel López Obrador, y menos Claudia Sheinbaum, han podido tomar el problema de frente y hacer valer lo que en el discurso dicen, pero que en los hechos no sostienen.
Los tres últimos presidentes han sido utilizados por Trump. Peña Nieto lo recibió cuando era candidato, en 2016, y ya lanzaba su discurso de odio contra los migrantes; no pensaban que fuera a ganar y juró el cargo en enero del año siguiente. López Obrador llegó a la presidencia en 2018 con un amplio margen y legitimidad; se creyó líder de América. A pesar de eso, fue usado por la Casa Blanca para acudir a leer, de corrido, un discurso. Siempre se le vio nervioso, incómodo. Luego lo utilizaron en la campaña que perdió ante Joe Biden. De nuevo, no pensaron que regresaría.
Una vez más, a pesar de las denuncias, de un proceso penal en su contra y de los escándalos vinculados a Epstein, Donald Trump ganó nuevamente la presidencia en 2025. Llegó más incendiario, con más promesas que habría de cumplir, escudado en la lucha contra las drogas —particularmente contra el fentanilo—, la lucha contra las dictaduras y la supuesta búsqueda de la paz mundial.
Mientras tanto, de este lado de la frontera, Claudia Sheinbaum se convertía en la primera presidenta, otra vez con una enorme cantidad de votos: 36 millones. Con ello continuaba “el segundo piso de la 4T”, proyecto del pejelagarto, pero heredaba también la gran problemática de la operación del narcotráfico, resultado de aquello de “abrazos y no balazos”, la mayor omisión —o rendición— ante el crimen.
La relación con Estados Unidos nunca ha sido fácil, pero ahora se ha complicado aún más. En Palacio Nacional no les queda de otra más que recurrir a la narrativa nacionalista, mandar mensajes de que, a pesar de todo, “un soldado en cada hijo te dio”, pero sin hablar de los seis años previos que provocaron la desgracia que vivimos, incluyendo, si quieren, a Felipe Calderón. No nos trataron como socios comerciales con los “prianistas”, pero tampoco ahora, y es evidente que Trump no lo hará en la antesala de la negociación del T-MEC.
Ahí están las llamadas que han sostenido, además del encuentro en el sorteo del Mundial de Futbol. En todas ellas hay halagos por parte de Trump: “es una mujer maravillosa”, que el encuentro fue productivo y que seguirán avanzando. Eso es la diplomacia. Luego viene el palo sobre el narcotráfico, como se los dio a Peña y a López. El último episodio: mientras acá dicen haber pedido que Estados Unidos mande petróleo a Cuba, Trump afirma que le exigió a Claudia Sheinbaum que deje de enviar hidrocarburos a la isla.
Durante la semana pasada le preguntaron en la “mañanera del pueblo” sobre el tema. Claro que la presidenta se enojó, se puso seria y evadió la respuesta. No dejó nada claro si seguirían con la llamada “política humanitaria”. Desde el año pasado, México ya era el principal proveedor de petróleo a Cuba, y la tensión con Venezuela —que terminó con el secuestro de Nicolás Maduro— y la nueva amenaza de Trump contra la isla hicieron que volteara de nuevo hacia México.
No nos equivoquemos: nadie quiere una invasión con tropas “gringas”, pero no se puede negar que hay operaciones en marcha, como el descenso de aeronaves —incluido el avión del director del FBI—, la detención de capos importantes y el envío de otros 37 reos a cárceles de Estados Unidos. Eso significa que la maquinaria ya la pusieron a trabajar desde Washington y no hay de otra más que obedecer; eso sí, en el discurso, salvar lo que se pueda… pero mejor ahí la dejamos.
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