2 febrero, 2026•By Adalberto Villasana Miranda
Maestra Ivette Estrada. Abanico.
Abanico
Anatomía del proceso creativo
Por Ivette Estrada
Existen tres elementos enlazados en la creación.
Uno de ellos es desdeñado y se sataniza en diferentes círculos. Es la obstinación, paradójicamente representa el fuego que abre el camino.
No es terquedad ciega, sino una forma de fidelidad radical a una intuición. Es ese momento en el que se avanza aunque no haya claridad, aunque el camino esté embrollado y lleno de espinas, es la obscuridad que cobija una promesa que parece absurda: emergerá esa solución o idea. Es reconocer que allí, donde en apariencia es suelo yermo, existe una veta.
El proceso es casi ceremonial: Nombrar el proyecto, sostenerlo incluso cuando se vuelve incómodo, ritualizar hasta que adquiere densidad.
Si, la obstinación prepara el terreno. Sin ella, la serendipia no tendría dónde aterrizar.
Pero en la creación/innovación también existe la distracción, vilapendiada en círculos académicos. Se ningunea la grieta por donde se infiltra el aire. Esa distracción no es un enemigo del proceso creativo, es el microdescanso del foco, el instante en que la mente deja de apretar y se abre un resquicio.
Esa fisura es crucial porque permite que el inconsciente reorganice lo que se forzaba. Suelta la rigidez del control y crea un espacio para que aparezca lo inesperado.
Esa distracción suele llegar como un gesto cotidiano: una caminata, algún aroma, un recuerdo, el fragmento de un diálogo. Es el equivalente a abrir una ventana en una habitación saturada.
Y emerge ahora la joya de la corona, el fruto codiciado, la serendipia: la aparición que parece azar, pero no lo es.
La serendipia no ocurre en el vacío. Emerge después de la obstinación y gracias a la distracción.
Es el momento en que lo que buscabas aparece disfrazado y lo que parecía un desvío se convierte en la clave. Es la recompensa de haber sostenido y soltado a la vez.
El proceso creativo aparece así:
Obstinación ceremonial: aferrarse a una idea con rigor ético y emocional.
Distracción ritual: permites que la vida irrumpa y desordene el mapa.
Serendipia lúcida: aparece un símbolo, una frase, un gesto que reconfigura todo. Lo que para otros es caos, se convierte en arquitectura simbólica.
Los tres elementos conforman un territorio donde la técnica no basta, la inspiración no alcanza y lo que realmente importa es cómo se mueve la conciencia mientras se crea. Y ahí, justo entran esos elementos que solemos despreciar como si fueran fallas del sistema cuando en realidad son motores ocultos del hallazgo.
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