27 enero, 2026•By Adalberto Villasana Miranda
Palabras Más / Arturo Suárez Ramírez / @arturosuarez
Palabras Más
Inocencia perdida
Los humanos no pueden comunicarse;
ni siquiera sus cerebros pueden comunicarse;
Ni siquiera la conciencia en sus mentes puede
comunicarse. Sólo la comunicación puede comunicarse
Niklas Luhmann
Arturo Suárez Ramírez / @arturosuarez
Todos los gobiernos han prometido un mejor país, sobre todo para los más jóvenes y para los niños: un país de oportunidades, donde no tengan la tentación de ir a buscar suerte en las filas de las bandas de narcotraficantes y terminar perdiendo la vida. La realidad es que todos los que han gobernado, por lo menos en este siglo y con la agudización de la violencia, han fracasado. A pesar de los programas sociales, no hay evidencia de que estén cumpliendo su cometido.
El contexto de violencia se desató desde que Felipe Calderón le declaró la guerra al narcotráfico. No solamente fueron los muertos, los desaparecidos y los desplazados; se comenzó a generar un clima violento. La música, con los corridos, empezó a exaltar a figuras del narco y sus “hazañas”; muchos de ellos, incluso, crearon o adoptaron símbolos religiosos: santos como Jesús Malverde, otros torcieron figuras como Judas Tadeo o se adentraron en el culto a la Santa Muerte, a quienes se encomiendan. Qué decir de varios medios de comunicación y productores que hicieron novelas, narcoseries y otros productos comunicativos que contaminaron a la sociedad con apologías delincuenciales. Claro que los más jóvenes fueron los más vulnerables: muchos ya no jugaban a ser astronautas ni bomberos; el atractivo era ser narcotraficante. Se había generado toda una cultura narca.
Muchos de los menores que viven en un entorno de violencia han sido arrebatados de su etapa formativa. Se les vulneran sus derechos humanos: no juegan, no van a la escuela, tienen que trabajar, son explotados sexualmente y también reclutados por el narcotráfico. Organizaciones como Tejiendo Redes Infancia alertan que entre 35 mil y 45 mil menores han sido reclutados por células delictivas, y que otros 250 mil están en riesgo constante de engrosar las filas del crimen organizado. Entre las entidades más afectadas se encuentran Guanajuato, Estado de México, Jalisco, Michoacán y Tamaulipas.
En alguna ocasión leí y después vi La Virgen de los sicarios, novela de Fernando Vallejo publicada en 1994 y llevada al cine en 1999. En ciudades convulsionadas por el narcotráfico se utiliza a menores para la distribución, la venta y como sicarios. Otro ejemplo de la crudeza que nos ha regalado el séptimo arte es Ciudad de Dios, que retrata la vida en las favelas brasileñas, donde cada día es una lucha por sobrevivir, con niños inmersos desde temprana edad en bandas y asesinatos. Vaya par de joyas de la cinematografía que son un verdadero gancho a la sensibilidad.
Traigo esto a colación porque hace unas semanas se dio a conocer el caso de un nuevo niño sicario en la Ciudad de México. Nicolás, de 13 años, andaba en una bicicleta eléctrica por calles de Tlatelolco; portaba un arma de fuego, pasó por un campo de fútbol y baleó a dos menores. Niños violentando a niños con armas de fuego, niños quitándole la vida a otros. ¿Y los padres? ¿Y las familias?
En 2010 conocimos la historia de “El Ponchis”, un muchacho de 14 años, mexicoestadounidense, que se convirtió en uno de los casos más impactantes y mediáticos de los llamados “niños sicarios”. Por primera vez se visibilizó el reclutamiento forzado de menores por parte de los cárteles de la droga. En ese caso, ¿qué lleva a un menor a cometer por lo menos cuatro asesinatos de manera tan cruenta?
Nada de esto ocurrió de la noche a la mañana ni es producto del azar. Es la consecuencia de gobiernos que han preferido administrar la violencia en lugar de erradicarla o que, simplemente, se han visto rebasados. Es muy probable que ahora mismo se estén escribiendo otras historias semejantes. También es responsabilidad de la familia, de la religión; nadie debería escapar a su pedazo de responsabilidad.
Cuando el Estado renuncia a su papel y la familia falla, otros ocupan ese lugar: el crimen organizado, la cultura de la apología, la normalización del horror. Hoy no basta con indignarse ante un niño de estas características. La pregunta es: ¿qué hicimos —como autoridades y como sociedad— para evitar que llegara ahí?… pero mejor ahí la dejamos.
Escríbeme tus comentarios al correo suartu@gmail.com y sígueme en Instagram en @arturosuarez_. Hasta la próxima.
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